El Arte de la Auto-Inyección de Bugs (y la Negación Plausible)
Hay un momento mágico en la vida de todo desarrollador de software. Ese instante preciso, de apenas unos milisegundos, entre que presionas "Enter" en el comando de deploy y te das cuenta de que olvidaste borrar ese console.log gigante o, peor aún, esa condición if (true) que usaste para probar algo rápido.
En ese momento, el universo se detiene. Y luego, suena el teléfono (o el Teams).
Es "La Jefa".
La Teoría de la Conspiración
Mi jefa tiene una teoría. Ella está firmemente convencida de que yo poseo una herramienta secreta, un script oculto en mi terminal llamado auto-inject-bugs.sh, que ejecuto aleatoriamente con cada subida a producción.
—"Sadot," me dice con ese tono de paciencia infinita que precede a la tormenta, "¿por qué el botón de 'Pagar' ahora abre una ventana con un gif de un mapache confundido?"
—"No es un bug, es una feature no documentada para mejorar el engagement del usuario," respondo automáticamente. La negación es la primera fase del duelo, y también mi primera línea de defensa.
Ella suspira. —"A veces creo que auto-inyectas errores e incidencias solo para ver si estoy prestando atención."
La Defensa (y la Realidad)
Aquí es donde yo, indignado, levanto la voz (metafóricamente, porque valoro mi empleo) y proclamo mi inocencia.
—"¡Imposible! Mi código es puro, limpio y testeado. Seguro es un problema de caché del navegador. O los DNS. Siempre son los DNS."
Pero entre tú y yo, lector... a veces tiene razón. No es que lo haga a propósito (¿quién quiere arreglar bugs un viernes a las 6 PM?), pero hay una especie de Gremlin en mi teclado que decide que user.id debería ser undefined justo cuando más importa.
Esos "mini corajes" que le hago pasar no son malicia, son... accidentes felices, como diría Bob Ross. Solo que en lugar de arbolitos, pintamos NullReferenceExceptions.
El Ciclo Sin Fin
La verdad es que, aunque siempre lo niego, esa dinámica es el toque de humor que alegra nuestros días. Ella encuentra el error (porque tiene un ojo biónico para los defectos que yo juro que no existían en local), me regaña (con cariño, espero), yo lo niego, luego lo arreglo silenciosamente y digo:
—"Qué raro, ya se arregló solo. Te dije que era el caché."
Ella sabe que miento. Yo sé que ella sabe. Pero es nuestro pequeño ritual de complicidad. Y al final del día, cuando el software funciona (eventualmente), sé que esos corajes son solo el precio de tener un sistema que está vivo, creciendo y, sí, a veces tropezando con sus propios pies digitales.
Así que, si estás leyendo esto, Jefa: No fui yo, fue el compilador. Lo juro.